sábado, 15 de marzo de 2014

Miedo.

¿Te acuerdas cuando eras chico? Los problemas se resolvían echando la culpa al amigo imaginario. Cuándo te castigaban y llorabas y ahí estaba mamá o papá para secarte las lágrimas. Pues así crecemos, pero la pena de crecer es que luego mamá ya no está ahí, tienes que aprender solo.

El miedo no se esconde dejándolo bajo el edredón, el miedo está ahí y no se va a ir a no ser que lo enfrentes. Es como cuando se cae una pelota  al suelo y sigue botando hasta que se le acaba la fuerza, hasta que estrella contra algo y para. Eso es tener miedo. Es dejar que la fuerza te empuje a dejar cosas atrás en el camino. Tener miedo es despertar en mitad de la noche pensando en la persona que amas y no escribirle, ni llamarle por temor a ser rechazado. Es así, tenemos miedo, pero tenemos las decisiones, la vida esta llena de ellas y si nosotros no las enfrentamos por el miedo nadie lo hará por nosotros. Es quizá el miedo lo que hace que perdamos el amor, pero es el amor el que hace que perdamos el miedo.

Y después de esto, ¿por qué tanto miedo y tan poco amor? Tal vez somos lo que somos por tener demasiado miedo, o por amar demasiado.

Los extremos no ayudan, nos dificultan, nos quitan la visión desde el otro lado, nos impiden una realidad llena de formas de ver las cosas, de sentirlas, de desearlas. Por eso, tal vez, el ser humano creció sin una forma de ver todo personalmente, quizá creció desde el extremo.